ALCOHOLS d’Apollinaire i UN GRAPAT DE PEDRES D’AIGUA de Manel Ollé a UH Mallorca (02.01.22)

La poesía como llamarada y abismo
A menudo, aquello que ha cambia do el curso de la poesía moderna y que ha ampliado su territorio de expresión no han sido libros enteros, sino poemas concretos. En este sentido, diría que el poema Zona, que abre el libro Alcohols, de Guillaume Apollinaire, publicado en catalán por LaBreu Edicions con buena traducción de Andreu Gomila, es uno de los poemas, no ya solo más influyentes del siglo XX, sino también uno de los estructuralmente fundacionales, con su ritmo vertiginoso-verso libre sin puntuación-, su pluralidad de materiales -sociología, religión, historia, geografía (de París y global), humor, explosiones de lirismo… y su celebración entusiasta del mundo moderno y sus frenesís calidoscópicos.
Ahora mismo me vienen a la cabeza unos cuantos poemas prodigiosos de otros poetas que no habrían sido iguales si no fuera por el impulso de este poema de Apollinaire. Estoy pensando en Auca, de Bartomeu Rosselló-Porcel; Piedra de sol, de Octavio Paz; y ciertos poemas del libro Els miralls, de Pere Gimferrer. Dicen así los primeros versos de Zona: «Ja estàs cansat d’aquest món antic // Pastora oh Torre Eiffel aquest matí bela el ramat de ponts // N’estàs tip de viure en l’antiguitat grecoromana // Fins i tot aquí els automòbils semblen antics / Només la religió és encara nova»>.
Alcohols fue publicado en 1913, cuando Apollinaire (Roma, 1880-París, 1918) ya era un personaje central en el mundo literario y artístico parisino de principios de siglo, en especial por cómo contribuyó a dar forma y a naturalizar muchas de las vanguardias que surgieron en aquel entonces. Cubista, paladín del orfismo-él mismo creó el término-, precursor del surrealismo, Apollinaire fue una tormenta rutilante de creatividad, tanto en su faceta poética como de crítico de arte, dos tareas que para él siempre estuvieron muy vinculadas.
Amigo de Picasso y de tantos otros artistas -fue amante de Marie Laurencin-, la poesía de Apollinaire tiene, junto al componente programático a favor de la más extrema y nueva modernidad, una plasticidad que todavía hoy se impone a los ojos del cerebro con una rotundidad inapelable: «Al petit bosc de llimoners s’enamoraren/ Amb l’amor que estimem les últimes que arriben / Les ciutats distants són com les seves parpelles / I enmig de llimones van quedar els cors penjats». Un libro que fue vanguardista pero que hace ya tiempo que es un clásico.
Ollé. Manel Ollé (Barcelona, 1962) es un poeta poco prolífico se le conoce sobre todo como crítico literario y profesor de estudios chinos en la Universitat Pompeu Fabra, pero más o menos cada década publica un nuevo libro de poesía. El más reciente se titula Un grapat de pedres d’ai- gua, fue galardonado con el Premi Jocs Florals de Barcelona 2021 y está compuesto por sesenta y seis haibuns. El haibun es una forma poética japonesa integrada por una pieza en prosa de extensión variable sistemáticamente culminada por los tres versos de un haikí. Fue popularizada en el siglo XVII por Matsuo Basho.
Pero el libro de Ollé no tiene, más allá de la forma poética, nada de arquetípica mente oriental, o de aquello que los occidentales desinformados consideramos oriental. Quiero decir que en la mayoría de sus poemas no hay serenidad, sino malestar. Tampoco los paisajes que se describen son idílicos, al contrario, son paisajes urbanos vulgares y con un cayente casi apocalíptico. Aunque esto no es del todo cierto. En realidad, los haikus finales sí que funcionan como una especie de consuelo lírico que hace de contrapunto a las prosas asfixiantes, grises, de atmósfera un punto pandémica, que los preceden.
Los poemas de Ollé son, en este sentido, bicéfalos. En las partes en prosa describen un mundo familiar pero un poco decrépito, una Barcelona de supermercados y de calles y de almacenes subterráneos, pero también tocado por una forma extraña e inconcreta de asedio. Los tres versos finales de la mayoría de los haibuns, en cambio, son entradas de luz en el texto, fugas elocuentes hacia un mundo me nos hostil, la cristalización pura y más o menos consoladora de un estado de ánimo, de un instante, de una idea. También en LaBreu.

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