«Aventuras metaliterarias». Laura Fernández parla amb Jordi Nopca sobre «El talent» [El Mundo]

Jordi Nopca debuta como novelista con ‘El talent’, la trepidante historia de una pareja decidida a convertir su pequeña editorial, Edicions del Cocodril, en el sello del momento. Para ello, cuentan con la ayuda de un detector de talento capaz de señalar por la calle al próximo Thomas Pynchon.

Laura Fernández

El increíble detector de talento está dentro de una caja. La caja es una caja de cartón en la que alguien ha escrito la palabra ‘frágil’. Marco Casanova y Júlia Nonell, los protagonistas de esta historia, la historia de cómo una pequeña editorial soñó y (quién sabe si) consiguió convertirse en la editorial del momento, la miran preguntándose qué deberían hacer a continuación. ¿Abrirla? ¿Por qué no? Podrían abrirla y huir. Huir, ¿por qué? Porque todo el mundo sabe que el increíble detector de talento puede hacerte rico, porque es una especie de mapa del tesoro literario. Es capaz de encontrar no sólo al próximo Thomas Pynchon sino también al próximo Dan Brown. Y el margen de error no es que sea mínimo, es que no existe. Porque el detector es infalible. Así que Marco y Júlia huyen. Cogen un vuelo a Lisboa y, una vez instalados (cosa que no resulta nada fácil, pues alguien ha debido dar el chivatazo y otro alguien ha empezado a perseguirles), se calan el ridículo detector (que, por si fuera poco, tiene aspecto de sombrero futurista) y empiezan a intentar ‘detectar’ talento en todo aquel con quien se cruzan (desde camareros hasta taxistas, pasando por vigilantes del museo de un campo de fútbol). Así arranca la primera novela de Jordi Nopca, ‘El talent’ (Labreu), un lisérgica (y surrealista, surrealista en el sentido en el que lo fue Boris Vian) novela de aventuras metaliteraria con invitados de lujo (Ramon Llull y Aristóteles: el primero se aparece en la papelería de una estación de tren; el segundo, en un avión).

“Quería que fuese una novela de fin de semana”, confiesa Jordi Nopca, que también confiesa que suele preferir las sillas incómodas y las habitaciones vacías para escribir. “No puedo escribir en una habitación en la que haya libros. Porque no puedo dejar de oírlos. Oigo a los libros en catalán diciéndome: ‘No escribas, nosotros somos el cánon’. Supongo que soy inseguro y que hay demasiadas amenazas ahí fuera”, dice. Volviendo a la novela, quería que todo ocurriese en un fin de semana y en un lugar cercano “pero a la vez desconocido”, como Lisboa (lugar al que después se suman Cotlliure y ‘Balzac-lona’, una versión hiperrealista de Barcelona), un lugar en el que poder medirse con fantasmas que componen sonetos (atrapados en el cuarto de baño de la habitación de un hotel abandonado) y mercenarios con peluca (y pinta de azafata) dispuestos a impedir que el detector encuentre una futura estrella literaria. “Me gustaba la idea de contraponer esa inocencia del que cree que una máquina ridícula va a encontrar talento, con el fracaso, por otro lado, inevitable”, explica. Inocencia contra fracaso y fantasía (el todo es posible, hasta realizar un aterrizaje de emergencia en el mar, nada menos que sugerido por Aristóteles) contra la aburrida y vacía realidad. Porque el realismo, como dice Marco Casanova, es capaz de aniquilar a cualquiera. ¿Y qué hay del talento? ¿Existe? “Sí, pero más que talento es una patología. Aprender a convivir con ella y sacarle beneficio la convierte en talento. Si no eres capaz de hacer algo así, se convierte en un problema psiquiátrico”, contesta. Mientras no lo hace, “puedes seguir jugando”.

Categoria: Cicuta, Diaris, Premsa  |  Etiquetes:

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